Cuento navideño

Había caminado a lo largo de la Avenida Revolución durante la noche tomando a grandes tragos de esa botella de whisky que sustraje de un auto volcado por unos juniors. El vehículo había pasado como un  bólido frente a mi y se estrelló con un pavoroso ruido de fierros retorcidos. Corrí a auxiliarlos pero no había nada qué hacer. Habían muerto instantáneamente y de los diversos objetos que quedaron en el pavimento rescaté la botella de whisky, unos  bocadillos navideños y unos cuantos billetes y monedas antes de que otras personas se acercaran.

 

Desperté arrinconado en una jardinera sobre un cartón. Me dolían los músculos y los huesos debido al incipiente frío invernal. Antes de abrir los ojos sentí de momento su presencia, el suave movimiento de su cola y el húmedo roce de su hocico olisqueando mis manos. El olor de los bocadillos con atún y sardinas era intenso y aún conservaba tres
en una de las bolsas de mi abrigo.

Me incorporé tambaleándome como él en su caminar. Su piel se adhería a sus huesos y se marcaban sus costillas. Extraje los bocadillos que me sobraban y se los di. Los devoró con rapidez y gruñó de gratitud.  Sentía náuseas y jaqueca.

Me gusta esta larga avenida con sus árboles, rotondas y estatuas de personajes ilustres. Miles de hombres y mujeres la transitaban a diario durante la semana pues a los largo de ella estaban las oficinas de empresas y dependencias del gobierno. Los sábados y domingos luce un poco desierta durante las mañanas pero en las tardes se anima bastante por la gran cantidad de tiendas, restaurantes y bares.

Encontrar un café o un sándwich a medio consumir no es difícil. Lo rudo es pelear con otros como yo, sin nombre, sin saber quiénes somos, si tenemos familia como tantas personas a las que observamos.

Encontré un vaso con té limón apenas empezado y sorbí con ansia el tibio líquido para calmar la sed de la resaca. Dejé el último trago para mi nuevo amigo que de un lengüetazo sorbió su contenido. Los perros tienen buen olfato. Pronto me indicó una cesta de basura hurgar en su contenido. ¡Aleluya! Había los restos de unas hamburguesas y papas fritas. Si los perros tuvieran manos y pies como los humanos, no comeríamos. Devorarían todas las sobras de la ciudad. Así que tenía un nuevo socio. Durante el día encontramos restos de las más variadas comidas y bebidas. Hicimos equipo.

No sé cómo aprendía a leer pero leo. También entiendo los números. En los diarios decía que hoy es 24 de diciembre y muchas personas cargan cajas y bolsas llamativas. Algunas ríen; otras caminan tristes y pensativos. ¿Qué habrá en esas cajas y bolsas? ¿Un trozo de felicidad o alegría? A mí me basta con beber y comer. Dormir en un rincón de la calle más o menos cubierto. Hay noches con frío. Cuando hace aire, parece que tu cuerpo es cortado por miles de finas y afiladas navajas.

Escucho de momento gritos y luego llanto. Un sujeto corre en sentido contrario a la circulación de los coches. Una mujer grita que le ha robado su bolso. En su huida deja caer una pistola que llega hasta mis pies e instintivamente la recojo. Es una Glock. No me pregunten como lo sé pero la sujeto rápidamente a mi cinturón. Cuando la guardo
me doy cuenta que todos me rehúyen. Me evaden la mirada.

Llevo el arma a un tipo que en ocasiones me compra latas y fierros viejos. Me da un billete de 500 pesos pero no quiere darme más. Es mi día de suerte pues conservaba el dinero que recogí anoche. Compro una botella de ron, agua y un pollo rostizado. No voy sufrir por el frío. Mi socio y yo compartiremos el banquete de hoy y dormiremos abrazados.

Carlos Paz Rosas.

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